viernes 23 de octubre 2026.- El aumento del costo de vida, la pérdida de empleos registrados y el deterioro de los salarios dificultan el acceso a una vivienda independiente. Según un informe de la consultora Analytica, la proporción de jóvenes que viven fuera del hogar familiar volvió a caer y refleja las dificultades económicas que enfrenta este sector de la población.
Independizarse, alquilar una vivienda y construir un proyecto de vida propio se convirtió en un desafío cada vez mayor para miles de jóvenes argentinos. Entre 2023 y 2026, las dificultades para sostener los gastos de una vivienda, la pérdida de poder adquisitivo y la inestabilidad laboral profundizaron los obstáculos para abandonar el hogar familiar.
De acuerdo con un informe de la consultora Analytica, la proporción de jóvenes de entre 18 y 29 años que viven de manera independiente descendió del 26% en el segundo trimestre de 2023 al 23,3% en el primer trimestre de 2026, al considerar el promedio móvil de cuatro trimestres. Esa variación equivale a unos 140.000 jóvenes menos viviendo en hogares independientes respecto del escenario en el que se hubiera mantenido la proporción de 2023.
El dato refleja un cambio en las posibilidades de emancipación de una generación que, aun cuando estudia o trabaja, encuentra cada vez más dificultades para afrontar los costos de una vivienda propia o alquilada.
Alquileres y servicios, cada vez más difíciles de afrontar
Uno de los principales factores que condicionan la independencia juvenil es el encarecimiento de los gastos cotidianos. El alquiler, las expensas, los servicios públicos, el transporte y la alimentación representan compromisos económicos difíciles de sostener cuando los ingresos no acompañan el aumento del costo de vida.
Según los datos difundidos a partir del relevamiento de Analytica, desde noviembre de 2023 la canasta de consumo de las personas de hasta 34 años que viven solas acumuló un incremento del 387,9%, por encima del 359,8% registrado por la canasta general calculada con ponderadores actualizados.
La diferencia está vinculada, en buena medida, con el peso de los servicios en el presupuesto de quienes viven solos. Los gastos de vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles representan el 26,6% de su consumo, casi el doble de la ponderación que tienen en la canasta general.
En ese contexto, mudarse implica mucho más que pagar un alquiler mensual. También requiere contar con dinero para afrontar depósitos, garantías, posibles comisiones, equipamiento y otros gastos iniciales que pueden postergar durante meses o años la posibilidad de abandonar la casa familiar.
Menos empleo formal y salarios que pierden terreno
La situación habitacional está estrechamente vinculada con las dificultades del mercado laboral. Para muchos jóvenes, conseguir un empleo no garantiza disponer de ingresos suficientes para afrontar de manera sostenida los gastos de una vivienda.
Durante el primer trimestre de 2026, la tasa de desempleo entre los menores de 30 años llegó al 15%, frente al 6% registrado entre las personas de 30 a 49 años y al 4,7% entre los mayores de 50.
A su vez, la cantidad de asalariados de hasta 29 años con descuento jubilatorio disminuyó un 14,7% entre el primer trimestre de 2023 y el mismo período de 2026. En el conjunto de los trabajadores, la caída fue del 5,3%.
Los ingresos también muestran dificultades para sostener el poder adquisitivo. En marzo de 2026, la remuneración promedio de los trabajadores registrados de hasta 29 años se encontraba un 4,7% por debajo del promedio de 2023, en términos reales. Si se considera una canasta específica para jóvenes que viven solos, la pérdida ascendía al 9,1%.
La combinación de salarios insuficientes, empleo inestable y mayores gastos reduce la capacidad de ahorro y dificulta reunir el dinero necesario para iniciar una vida independiente.
El endeudamiento suma otro obstáculo
Las dificultades económicas también se trasladan al sistema financiero. Según los datos publicados sobre el informe, la morosidad entre los jóvenes de 18 a 30 años llegó al 39,1% al cierre de julio de 2026, por encima del nivel general de los deudores.
Los atrasos en el pago de préstamos y otras obligaciones pueden limitar el margen disponible para afrontar nuevos compromisos económicos. De esta manera, quienes ya destinan una parte importante de sus ingresos a cubrir gastos cotidianos encuentran mayores dificultades para ahorrar, financiar una mudanza o planificar proyectos a largo plazo.
El endeudamiento se suma así a una serie de factores que condicionan las decisiones de los jóvenes y refuerzan la dependencia económica del hogar familiar.
Una independencia cada vez más postergada
La dificultad para acceder a una vivienda no se limita a quienes deben regresar a la casa de sus padres después de haberse independizado. También afecta a quienes nunca pudieron dar ese paso y continúan viviendo con su familia porque sus ingresos no alcanzan para cubrir los costos de una vida autónoma.
La diferencia es importante: no todos los jóvenes que permanecen en el hogar familiar regresaron después de vivir solos. Por eso, la estimación de 140.000 personas representa una reducción de la cantidad de jóvenes que viven de manera independiente en relación con la tendencia de 2023, y no un registro individual de quienes efectivamente volvieron a la casa de sus padres.
El panorama expone una dificultad que va más allá del acceso a un alquiler. La posibilidad de independizarse depende cada vez más de la estabilidad laboral, la evolución de los ingresos y la capacidad de afrontar gastos fijos que no se pueden postergar.
Para una generación que busca construir su propio camino, la emancipación residencial se transforma así en una meta más difícil de alcanzar. El desafío ya no consiste únicamente en conseguir un empleo, sino en lograr que ese ingreso permita sostener una vivienda, cubrir las necesidades básicas y proyectar un futuro con mayor autonomía.