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Sin novedad en el frente

19 DE MARZO 2022


Quiero comenzar por agradecer (aunque no sé si es lo correcto) a las autoridades de este diario por haberme enviado a cubrir semejante hecho bélico. A decir verdad, yo estaba confundido, y angustiado cual prócer combatiendo contra España, ante la posibilidad de que la guerra que está asolando tierras y mentes de Europa Desoriental llegara por error o, peor aún, intencionalmente, hasta nuestra querida Patria Grande.

Encima, saben ustedes que mi seudónimo empieza con “Ru” como «Rusia», y si ya prohibieron a Dostoievsky, a Tolstoi, y –según dicen por ahí– están por prohibir la tabla de los elementos químicos de Mendeleiev y el Tetris, no veo por qué harían una excepción conmigo.

De todas maneras, me cabe cierta pregunta sobre el motivo por el que me destinaron a mí, un humorista (todos saben que los humoristas vemos lo que nadie ve, pero chocamos con lo obvio), a cubrir esta situación beligerante, donde hay que estar “alerta que camina”, porque la inflación es un viaje de ida y, como dice la propaganda, “si la inflación no se va, el dolor vuelve”.

Tal vez fue porque ningún periodista “de los de verdad” quiso hacerse cargo de semejante despropósito armado, y alguien habrá pensado (con buen criterio) que solo un humorista se tomaría en serio esta guerra, la primera de la historia en la que un bando avisa “que va a declarar la guerra” con el tiempo suficiente como para que el enemigo se pertreche y arroje bombas remarcadoras mientras el bando declarador se pregunta qué estrategia sería la más conveniente para que la oposición no se enoje demasiado y apoye o –debo decir– siga apoyando al enemigo, que, ya lo sabéis, avanza a paso redoblado.

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Antes de partir al frente saludé emocionado a amigos y allegados, me tomé la temperatura (36,5 grados, tipo vendedor), me pertreché con un changuito, una bolsa, la tarjeta de débito, el barbijo y una pastillita por si me subía la presión acreedora.

Pensé en ponerme un casco, pero consulté los precios y… ¡no, no podía empezar así en la guerra contra la inflación! No me habían dado un gran presupuesto para mis gastos, pero, a decir verdad, tampoco es que el frente estuviera demasiado lejos.

A sólo dos cuadras de mi casa, un supermercado que alguna vez fue nacional, pero hace unos años ha sido invadido o adquirido por una potencia extranjera, se imponía cual enclave imperial en medio del barrio. A manera de “campo minado”, ofrecía “promos” inquietantes:

  • Los martes impares de los meses sin “e” ni “o” de los años bisiestos, 15% de descuento a los jubilados que concurran con sus abuelos
  • En la quinta botella de jugo de mandarina que compre, 5% de descuento
  • Uvas a solo 200 pesos… la docena
  • Cuatro paltas para comer hoy…, mejor ayer…, mejor anteayer…
  • Compre nuestro queso “por salut” y ahórrese la prepaga
  • Almendras a solo 30 pesos… la unidad
  • Picada “restos gloriosos”, con fiambres y quesos añejos
  • Vino a 300 pesos la botella; el contenido, aparte
  • Nueces interpeladas a 100 pesos la pregunta
  • Milanesas especiales de origen incierto
  • Galletitas desaborizadas con el mismo nombre de las que a usted le gustaban cuando era niño/a
  • Latas de primera marca con contenidos de quinta calidad
  • Aceitunas rellenas de carozo

Me estaba no sé si asustando, asombrando o enojando, cuando sonó mi celular. Como soy del siglo XX, supongo que detrás de una llamada se esconde una persona con algo para decirme, así que atendí. Era mi querida tía Anita –que, con sus 92 años, sigue firme al pie del cañón–, a quien le había pedido que me informara sobre la situación bélica en su barrio, Belgrano.

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Belgrano fue capturado hace tiempo por las fuerzas inflacionarias; infodemia mediante, les hace creer a sus habitantes que son libres y que esos precios son “normales”. Pero cualquier habitante de una zona no tan cercana al frente siente que está en zona peligrosa. Y mi tía, que vive allí pero es nativa de Caballito, estaba espantada.

–¡Marcelo! –me dice «Marcelo» en vez de «Rudy», porque le cuesta lo mismo, y son 7 letras al precio de 4–. ¡Estoy abombada! ¡Están vendiendo un kilo de manzanas a 800 pesos (sic)!

–Tranquila, Anita, ponete la máscara antiprecios y respirá lentamente… ¿Me lo confirmás?

–Sí –alcanzó a decir para ahorrar más letras.

–¿Estás segura de que no se trata de la manzana de Adán, de alguna manzana que fuera modelo para un cuadro de Matisse, de la manzana de la discordia con la que las diosas tentaron a Paris, o de The Big Apple, o sea Manhattan?

–Marcelo, ¡no me hagas hablar de más, que se me agota el bolsillo! Son manzanas comunes y corrientes.

–¿Serán «corrientes tres cuatro ocho segundo piso ascensor»? ¿Serán “deliciosas manzanillas perfumadas, quiero el beso de sus boquitas pintadas”? ¿Serán manzanas importadas de Rusia tratando de evitar el boicot? –Anita no me respondió–. ¿Por qué te quedaste en silencio? –le pegunté, preocupado.

–Estaba haciendo un minuto de silencio en homenaje a mi jubilación.

–¡Acá están más baratas! ¿Por qué no te comprás las manzanas por delivery?

–¡Lo intenté!… ¡400 pesos las manzanas y 600 el envío! Casi me desmayo cuando me lo dijeron, pero pensé que si me desmayaba el médico me iba a recetar algún remedio probablemente más caro que las manzanas y…

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–Bueno, tía, ¡te dejo, que acá están en pleno ataque!

–¿Qué pasa?

–El cuarto regimiento de remarcadores subió los precios un 50% para después poder bajarlos un 20% y decir que nos apoyan en la guerra contra la inflación.

–Crunch, crunch… Bueno, te dejo, crunch.

–¿Estás comiendo una manzana?

–No, ¡me estoy comiendo el hígado!

La dejé a mi tía Anita, porque una escena me apabulló: un hombre trataba desesperadamente de entrar al supermercado… con su perro. Los recepcionistas intentaban impedirle el paso, él insistía. Está bien que esta ciudad sea pet-friendly, pero era demasiado.

Intenté mediar. Me acerqué al hombre y le pregunté:

–¿Por qué quiere entrar?

–No es que yo quiera entrar; simplemente, necesito que Sultán vea con sus propios ojos el precio del alimento para perros, porque ¡no me cree!

Fue demasiado. Como dice el licenciado A., dejamos aquí por hoy, pero prometemos más, y quizás cumplamos.

Sugerimos al lector acompañar esta columna con el video Cha-carera, de RS Positivo. Advertimos a nuestro público que los precios allí mencionados… subieron.

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