13 de noviembre 2021

La nueva miniserie de la BBC contiene un espíritu punk de astuta irreverencia. En tres episodios el clásico de entreguerras tiene una nueva vida que potencia la amistad entre las dos mujeres protagonistas y además elige contar «la época» con recursos contemporáneos.

“Linda cumplió la promesa de su juventud. Su recompensa por envejecer es la tristeza mágica que la atormenta, de la cual no es consciente porque brota de su corazón y completa su belleza”, reflexiona el excéntrico Lord Merlin (Andrew Scott), en el viaje de regreso de París en las vísperas de la Segunda Guerra, tras fracasar en el intento de arrebatar a la socialité Linda Radlett (Lily James) de las garras de su playboy francés. “Vive como una prostituta de clase alta sin medir las consecuencias. Cree que es feliz pero terminará desgraciada. Uno debe vivir en el mundo real porque la sociedad es bestial cuando desobedeces las reglas”, responde encorvada en su asiento Fanny (Emily Beecham), prima y mejor amiga de Linda, convertida en su contracara perfecta en lo que refiere a las convenciones de esa Inglaterra de entreguerras. “Fanny, eres extremadamente convencional. No todos podemos acceder a tu felicidad doméstica. Algunos tenemos que proteger Bohemia, siempre irreverentes”, completa Merlin con un gesto de asumido triunfo.

La escena pertenece a La búsqueda del amor, la nueva miniserie de la BBC disponible en HBO Max que adapta el clásico de Nancy Mitford de 1945 con un espíritu punk de astuta irreverencia, según las propias palabras de Emily Mortimer, guionista y directora de los tres episodios. Ese agregado al texto original de Mitford condensa el espíritu de su relectura, que no solo engrandece la figura de Fanny como narradora, potencia la fascinante amistad entre ella y Linda, espíritus opuestos y al mismo tiempo simbióticos, sino que asume en su puesta en escena el ejercicio lúdico del relato histórico contemporáneo, tensando sus bordes para poder mirar sus ecos en el presente, el sustrato genuino de su vigencia histórica. https://31b1d4fc1c04c0a079a6cb5e3f76ff02.safeframe.googlesyndication.com/safeframe/1-0-38/html/container.html

Mitford fue una mujer de la aristocracia británica que modeló en la literatura las contradicciones de su educación familiar, ese legado victoriano que impregnaba el palacio de Alconleigh de los Radlett, la tiranía masculina del tío Matthew y la búsqueda incesante del amor como camino de emancipación para las mujeres. Su libro se convirtió en un clásico para varias generaciones, y Mortimer lo adapta con la vocación de recoger ese legado primario al mismo tiempo que pensar su originalidad hoy en día.

Emily Mortimer, actriz de películas como Match PointLa librería y la reciente Relic: herencia maldita, leyó por primera vez La búsqueda del amor cuando era adolescente. Y entonces su padre, el escritor John Mortimer, le regaló Hons and Rebels, la biografía de Jessica, hermana de Nancy, publicada en 1960 sobre la peculiar crianza de las escandalosas Mitford. 

“Mi papá estaba obsesionado con ese libro”, revela la actriz en una entrevista de julio de este año con The New York Times. “Recuerdo una historia que él siempre me contaba. Cada vez que la madre de las Mitford les pedía a sus hijas que se sentaran con lápiz y papel y escribieran cómo economizarían para una casa con 200 libras al año, Nancy escribía sin falta: ‘£ 199: flores’ «. La anécdota se cuela en la miniserie para definir a Linda, como luego las citas literarias a Virginia Woolf o Simone de Beauvoir que formaron parte de la vida de Nancy enriquecen a Fanny, la narradora de la historia. Mortimer condensa en el retrato de esas dos primas la encrucijada de las mujeres de la época, por un lado la aceptación de una vida como esposa y madre, con las dichas y los renunciamientos, y por el otro la búsqueda de una vida diferente, impulsada por una pasión subversiva que ataca el orden social desde sus mismos cimientos.

La búsqueda del amor es, sobre todo, la historia de una amistad. “Estoy perdida sin ti”, repite una y otra vez Linda, cada vez que reencuentra a Fanny en una de las tantas vueltas de la vida. En la primera escena estamos en 1941, durante un bombardeo en el barrio de Chelsea, y una Linda embarazada cae entre los escombros para ver llegar a Fanny, presta para su rescate. De allí nos vamos a 1927, a la mansión de los Radlett en la que Linda y sus hermanos se encuentran cautivos de la tiranía de su padre. El tío Matthew (Dominic West), como lo llama Fanny que oficia de narradora, teme a los extranjeros, repudia la educación femenina y celebra la caza y la vida al aire libre. Su figura es la emblemática represión de una sociedad afirmada en principios todavía victorianos. 

Abandonada por su madre, a la que todos llaman “La Desertora” y criada por su tía Emily (Annabel Mullion), Fanny busca la protección del hogar como Linda la dramática liberación de esa prisión señorial. Juntas comparten confesiones, la celebración de una orden secreta en el altillo, baños prolongados y el consistente despertar sexual que llega con la adolescencia. Ese mundo impregnado de anhelos y deseos se modela en la tensión entre la mirada de Fanny, fascinada y asustada por la medida de la pasión de su prima, la voracidad por los hombres, el sexo y todo lo que esa vida negada implica, y la desbordante presencia de Linda, su constante empuje contra los límites, los mandatos y las tradiciones.

“Es la historia de una mujer que mira a otra, todo el tiempo”, sintetiza Mortimer. “Es el viaje emocional de quien observa a alguien que construye en esa mirada no solo un ambiguo enamoramiento, sino también una constante decepción”. Ese es el juego que propone la adaptación al afirmarse en la experiencia vicaria de Fanny, al sostener su voz en off como punto de referencia y al presentar a Linda desde esa perspectiva teñida de emociones contradictorias. 

Lily James habita a Linda Radlett con una soltura envidiable, amalgamando sus emociones contradictorias con genuina convicción. Así la vemos seguir al pedante Tom Kroesig (Freddie Fox) a su templo de estudiante en Oxford, luego a los ideales de Christian (James Frecheville), ferviente comunista que va a luchar en la Guerra Civil Española, y por último al bon vivant Fabrice (Assaad Bouab) en las mieles de su opulencia en la París del fracaso del Frente Popular. Cada uno de esos caminos la libera del sarcófago construido por su padre y sus mandatos, imbuida de esa pasión romántica extrema, de la resistencia a la maternidad, a las ataduras de la vida doméstica, al equilibrio político de esa Inglaterra timorata.

Por el contrario, Fanny siempre tiene los pies sobre la tierra. La lectura de La señora Dalloway alimenta sus inquietudes intelectuales pero las reglas sociales son demasiado pesadas para romperlas. La perspectiva de Fanny es interna, los espectadores podemos asistir a las contradicciones entre su curiosidad literaria y el lugar de la mujer en su época, su pasión febril sublimada en un libro de recortes y la valoración moral de los desacatos de Linda, la tensión constante entre el deseo de libertad y el confort de una vida apacible. Y sobre todo compartimos esa devoción incondicional hacia su prima que trasciende años y fronteras, que no languidece en las separaciones ni se resiente en los desplantes, que expresa el anhelo de una épica para la que no se siente preparada, y la lírica del cronista aferrado al presente, a la condición de eterno superviviente. Emily Beecham, actriz que hace un tiempo deslumbró en la excelente Little Joe, brinda a Fanny esa tímida agudeza, consciente de su propia cobardía pero capaz de pensarla y trascenderla.

El abordaje de los relatos históricos en la ficción contemporánea ha decidido abandonar el respeto escrupuloso del original en un intento de asumir los legados al mismo tiempo que reivindicar conexiones con el presente histórico. Por ello series como The Great, comandada por Tony McNamara, siguiendo el ejercicio de la biopic irreverente que ensayó en el guión de La favorita, o Dickinson, que despeja la Historia como referente y asume su inspiración poética, rozan con consciencia el gesto iconoclasta. 

Ya no hay forma de recuperar la versión original de Catalina La Grande o Emily Dickinson, por ello nos queda la apropiación de sus lugares como mujeres de vanguardia, en la política o en la poesía, y la fascinante amalgama entre su vida sexual y sus producciones duraderas, ambos polos intrincados de la creación. En esa línea también ahondó Gentleman Jack, asumida allí la escandalosa vida sexual de Anne Lister revelada en sus diarios escritos en código y descifrados tiempo después. Pero nuevamente el pasado es el material flexible para una mirada contemporánea, construida en rupturas que suponen el quiebre de la cuarta pared, el lenguaje adolescente, el humor escabroso o el culto a una puesta en escena de ópera arrebatada.

El acercamiento de Emily Mortimer juega con la consciencia de esa deconstrucción de toda solemnidad en la mirada de la Inglaterra de entreguerras, pero decide asumir la misma irreverencia que definió a la perspectiva de Nancy Mitford. En ese sentido, transita los mismos caminos que Kenneth Lonergan en su adaptación de Howards End de E.M. Forster. En la miniserie de 2017, Lonergan exploraba la Inglaterra eduardiana desde las voces de las hermanas Margaret y Helen Schlegel, mujeres de su época pero también ecos de una mirada que se traslada a nuestros días. Esa tensión entre la clase alta industrial que representan los Wilcox y su mansión, las ambiciones modernas y de reciente urbanización de las Schlegel y las crecientes ambiciones de la clase trabajadora que encarna el joven Leonard Bast, brinda a la miniserie su riqueza, la complejidad de los diálogos que escapan a todo acartonamiento o nostalgia, y sobre todo esgrime la paciente disección del lugar de observadora que asume Margaret, de las ideas de su tiempo, de las tensiones de su lugar como mujer, del mundo que se avecina.

Mortimer escoge esa misma impronta en La búsqueda del amor, y el ambiente de las Mitford se vislumbra en la misma familia Radlett, caja de resonancia de las tensiones entre el fascismo y el comunismo, el conservadurismo social y el liberalismo económico, las vanguardias y el arte de masas, la libertad sexual y el temor por la pérdida de la familia. 

“Me parecía importante que Linda se expresara sexualmente, sorteando la vergüenza y el dolor que siempre ha rodeado a la experiencia femenina”, explica Mortimer. Linda siempre abraza su derecho a decidir, a salir de las opciones estancas que la sociedad y su familia tienen para ofrecerle. Por ello la frase que incorpora Mortimer del libro de Simone de Beauvoir, El segundo sexo, resume ese apego a la pasión extrema como única forma de salida. “A veces creo que no nacemos mujeres sino que nos cortan las alas y después se sorprenden cuando no podemos volar.» El apego de Fanny a ese mundo que la cobijó en el desamparo de su infancia es de alguna manera el antídoto a la conducta escapista de su madre, modelo omnipresente en el que Linda no quiere medirse pero que parece ajustarse a su talle cada vez más.

En ese sentido, es interesante que la guionista y directora se haya reservado para ella el rol como actriz de “La Desertora” –The Bolter en el original-, la madre de Fanny que la dejó a cargo de su hermana y se aventuró a vivir su vida. Convertida en un chiste para su familia, tras pasar por matrimonios y amantes de todos los tipos y credos, La Desertora condensa la mirada sobre esa condición de paria social que la propia Mitford deslizó como una certera humorada. 

“No dejes que tus hijos se interpongan en el camino de tu vida, cariño», le dice La Desertora a Fanny en uno de sus reencuentros. «Vos no te interpusiste en mi camino, ¡y yo tuve una vida maravillosa!» La Desertora es una voz que rasga, desde la ironía autoconsciente, la perspectiva que tenía la sociedad de las mujeres incorrectas. Es quizás la forma que tiene Mortimer de tensar esa cuarta pared, de asomar en su propia construcción, para aún en el seno del relato mirar ese mundo a la distancia. Algo que se enriquece en la elección de la banda sonora, que incluye temas de Sleater-Kinney, New Order y Cat Power en lugar de las melodías de los años 30. Al redimensionar la escritura irónica de Mitford, la miniserie no mide su valor en función del retrato de la época o la exposición de los prejuicios de su clase, sino que despliega el lugar de sus mujeres a lo largo de la Historia: la rebeldía del Linda y el cuestionamiento de Fanny. En ese mismo gesto ellas se reclaman protagonistas de todas sus formas de resistencia.