“Estoy contento, porque pensaba que no me iban a reconocer porque a muchos amigos que hicieron cosas buenas, los reconocieron después de muertos”. Con sinceridad, acompañado por sus hijos, Malena y Luciano, en la intimidad de su casa, al amparo de centenares de fotografías que muestran desde las paredes retazos de una vida llena de grandes hitos, Alfredo Moffatt agradece los miles de abrazos recibidos en estos días. “Pensé que tenía que morirme para que me rescaten, pero gracias a Página/12 y a tantos otros, acá estoy, agradeciendo”. La voz suena clara, lúcida, aunque el cuerpo acumule los años transcurridos, siempre al pie del cañón, de este maestro de 87 años que sigue dispuesto a seguir poniendo el hombro, como siempre lo hizo. El encuentro con este diario fue más una charla de amigos que una entrevista formal.

–La reacción solidaria en cadena de la gente la generaste vos, tu carrera, tu vida, tu historia.https://850d1979d94676ece15a4f941cb188f9.safeframe.googlesyndication.com/safeframe/1-0-38/html/container.html

–Puede ser, pero alguien tenía que encender el fósforo y ustedes lo hicieron y se agradece.

Aunque se lo ve bien, entero, dice que le cuesta andar, que se marea, se cansa, aunque disfruta de su actual ajetreo con personas que lo visitan, que lo llaman, que aportan medios para aliviar su precaria economía.

–Tuviste una infancia dura, desde los 4 a los 8 años con tu madre enferma, con un padre que se ausentaba por su trabajo. Fue duro, pero de tu relato surge que eso te hizo fuerte, te hizo crecer de golpe.

–Yo quedé muy solo, fui hijo único, con un padre que viajaba mucho por su trabajo y una madre con problemas de salud, que pasó por muchos hospitales. Por eso inventaba cosas, juegos, para que la gente me registrara, para no quedarme solo. De niño inventaba juegos para que los chicos se juntaran conmigo y de grande también, pero inventé juegos intelectuales, terapias comunitarias, bancaderos.

–¿Qué edad tenías cuando inventaste el taller de lectura en el garaje, para juntar amigos?

–A los 12 años inventé el Club de Lectura en el garaje de mi casa en Pergamino. Se llenaba de gente. Como no tenía hermanos, inventé hermandades. Fue un comienzo, porque después vinieron El Bancadero y Cooperanza (dos sitios alternativos a la lógica manicomial), por donde pasaron 200 mil personas.

Mientras rebobina en su memoria, Malena, que esta semana recibió su título de psicóloga en la UBA, lo asiste: “Antes de Cooperanza fue la Peña Carlos Gardel”, uno de los “inventos” más jugados que tuvo. Tras el aporte de su hija, Alfredo retoma el hilo:

–La peña funcionaba en el Hospital Borda, en contra del Borda, denunciando todas las atrocidades del Borda. No me podían echar porque quien formaba parte de mi equipo era (Enrique) Pichón Riviere. Era muy gracioso porque era una comunidad, éramos unos infiltrados y no nos podían sacar porque nos apoyaba la prensa, las universidades. Denunciábamos la soledad de los pacientes, la negación de sus identidades, pero como era verdad lo que denunciábamos, no nos podían sacar.

–¿Cómo hicieron para instalarse en el Borda, para que los admitieran?

–Lo que hicimos fue proponer un lugar dedicado al folklore, una peña, nada que ver con una entidad terapéutica denunciante, científica, porque eso no se podía hacer. Lo gracioso es que en las canciones que se cantaban en la peña aparecían letras que hablaban del abandono de los pacientes. Esto se transformó después en Cooperanza. La peña se terminó con el golpe militar de 1976 y tuvimos que rajar.

Ahora es Luciano el que recuerda que aunque siguieron viviendo en la Argentina, las actividades terapéuticas de su padre tuvieron que trasladarse a Brasil, donde “a pesar de que seguía la dictadura militar, eran más permeable para estas cuestiones”. El recorrido de Alfredo Moffatt había comenzado en El Bancadero, que funcionó en un edificio en ruinas en Gascón 265, en la Capital Federal. Era un viejo edificio, de los llamados conventillos, que tenía 12 habitaciones. Estaba semidestruido, pero lo alquilaban para evitar que fuera ocupado. Lo alquilaron pagando 40 pesos por mes y armaron “una comunidad terapéutica para neuróticos”. Allí estuvo trabajando durante más de 20 años.

–Me preguntaron si tenía plata para acondicionar el edificio. Les dije que no. Me preguntaron si tenía obreros y también les dije que no. La pregunta era ¿cómo iba a hacer? La respuesta fue hacer laborterapia para que los pacientes pudieran colaborar en la reconstrucción.

Malena recuerda que algunas habitaciones “ni tenían piso, era un edificio destruido”. Alfredo comenta que “se formaron grupos para trabajar en cada una de las habitaciones, de manera que los pacientes se transformaron en operadores de la reconstrucción, con técnicas de laborterapia. Cada vez que se podía utilizar alguna de las habitaciones, se hacía una reunión para analizar psicológicamente lo que cada uno había podido reparar en sus vidas con ese trabajo realizado”. Cada habitación se convirtió luego en un taller, literario, de música, de actividades artísticas. En ese lugar tuvo su primer taller literario la docente y escritora Hebe Uhar, fallecida en 2018. Su obra se publicó en editoriales pequeñas y el reconocimiento le llegó recién en 2010, con su libro Relatos, traducido luego a varios idiomas. De ese tardío reconocimiento hablaba Alfredo Mofatt cuando dijo estar “contento” por el impacto de los abrazos recibidos en los últimos días.

Dice Alfredo que El Bancadero sirvió “para construir vínculos de familia, de comunidad, y con el trabajo comunitario empezaron a comprender que podían ser útiles”. Malena apunta que “las reuniones, las fiestas que se hacían, sirvieron para reconstruir un cuerpo, una memoria, para que cada uno pudiera contar su historia y pensar en cosas nuevas”.

Alfredo manifiesta sus diferencias con las terapias individuales y con las soluciones medicamentosas de la psiquiatría. Para él “curar es lograr que cada uno se reintegre a su familia, a su grupo, a su trabajo, con un proyecto grupal”. Alfredo sostiene que “la locura es el proyecto, porque todo proyecto parece loco, porque se trata de cambiar la sociedad. En la peña Carlos Gardel, las obras de teatro parecían locuras, pero tenían que ver con el proyecto de vida de todos los pacientes”.

–Una vieja canción de Charly García dice: “Les contaste un cuento, sabiéndolo contar y creyeron que tu alma andaba mal. La mediocridad para algunos es normal, la locura es poder ver más allá”.

–Todo delirio alguna vez fue verdad, porque si el delirio es que un mono verde cae de un árbol y te pega con un palo en la cabeza, si trabajás en la historia de esa persona, vas a descubrir que había un tío que vestía de verde, que se subía a los árboles y les pegaba a los chicos en la cabeza, con un palo.

Alfredo insiste en que “todo delirio está creado por una situación real, lo que ocurre es que luego se transforma en una fantasía, pero eso se debe a que en su momento no pudo denunciar al tío”. Recalca que “a todo delirio hay que comprenderlo, no hay que reprimirlo, porque alguna vez fue verdad”.

El jueves, Alfredo fue al acto de graduación de su hija psicóloga. En la charla se advirtieron coincidencias y diferencias entre Malena y su padre, cada vez que el fantasma de Lacan se cruzaba en medio de las fotos que llenan las paredes de la casa donde vive el viejo maestro. Malena justifica a su padre: “Es un luchador de los años setenta, un gladiador que sigue pensando lo mismo, por suerte. Además –confiesa–hay que vivir muchos, pero muchos años, para ser tan joven como mi papá”.