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 CUANDO LA INSEGURIDAD HABLA DE OTRAS AUSENCIAS

Opinión

SOCIALES, 26 DE JUNIO 2025.- Los hechos de inseguridad registrados recientemente en Río Grande —como el robo a un comercio céntrico en horas de la madrugada o el hurto de un celular dentro de otro local— son más que simples noticias policiales. Detrás de cada parte oficial, de cada operativo rápido y detención, late una realidad mucho más compleja y profundamente social.

La creciente participación de jóvenes en delitos menores, el aumento de hechos cometidos a plena luz del día o en zonas céntricas, y la sensación generalizada de que “ya no hay horarios ni lugares seguros” no pueden analizarse como casos aislados. Cada episodio, por más puntual que parezca, es un síntoma de algo mayor: el desacompasado ritmo entre el desarrollo económico y la creciente vulnerabilidad social que atraviesa nuestro país.

Tierra del Fuego, en pleno esfuerzo por reactivar su economía con inversiones, ferias de emprendedores y políticas de impulso productivo, no es una isla. La Argentina vive momentos de fuerte tensión económica, con ajustes que impactan directamente en los bolsillos de miles de familias. Padres y madres que deben sumar horas, días, incluso segundos empleos para sobrevivir. Chicos y chicas que pasan cada vez más tiempo solos. Hogares donde la presencia emocional se reemplaza por la preocupación financiera. Y en ese cóctel, muchas veces sin contención ni futuro claro, aparecen las primeras transgresiones, los primeros delitos, como una forma desesperada de estar o de tener.

Las edades delictivas descienden porque las oportunidades también lo hacen. No hay futuro cuando se rompe el presente. No hay acompañamiento emocional posible cuando el cansancio y la precariedad ocupan el lugar del cuidado. Lo que vemos en las calles no es solo delincuencia: es el rostro visible de una fractura social que crece silenciosa.

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La pregunta entonces no es solo cómo evitamos el próximo robo. Es qué hacemos, como comunidad, para que ese robo no sea la única salida posible para tantos jóvenes fueguinos. ¿Qué lugar les damos? ¿Qué tiempo real tienen las familias para acompañar, contener, formar emocionalmente? ¿Qué responsabilidad asumimos cuando el delito es la consecuencia directa de una ausencia estructural?

Hoy más que nunca, debemos entender que la inseguridad no se combate solo con más policías en las esquinas, sino con más Estado presente donde duele la ausencia. Con más trabajo digno, con jornadas humanas, con educación real, con oportunidades concretas. Porque una familia que está bien, contenida, cuidada, es una familia que puede acompañar y formar a sus hijos con tiempo, con ejemplo y con amor.

La seguridad empieza mucho antes del delito. Y se construye entre todos.

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