Las Malvinas fueron un campo de batalla no sólo contra el imperialismo inglés. En las islas se libraba una batalla interna también en condiciones de extrema desigualdad. Soldados con escaso entrenamiento y alimentación aún más escasa, sin abrigo ni calzado acorde al frío feroz, armamento obsoleto. Luchaban, también, por sobrevivir a las condiciones que vivian campo enemigo.

La Guerra de las Malvinas se inició el 2 de abril de 1982, con el desembarco argentino en las islas, y culminó el 14 de junio, con la rendición de Argentina. Murieron 649 soldados argentinos y 255 británicos reconocidos oficialmente.

El reclamo de soberanía argentino fue reconocido por la Asamblea General de la ONU desde 1965, cuando adoptó la Resolución 2065, en la que llama a «poner fin al colonialismo en todas partes y en todas sus formas, en una de las cuales se encuadra el caso de las Islas Malvinas (Falkland Islands)». En la actualidad, las Malvinas son uno de los 17 territorios pendientes de descolonización en el mundo.

La situación política doméstica que enfrentaba por entonces Margaret Tatcher, complicada por la etapa inicial de sus reformas económicas y con duras críticas a su gestión, le brindó la oportunidad única de un evento épico que remonte su aprobación por parte de la opinión pública y ambos países se enfrentaron en una guerra, que aunque los muertos caían en el frío del fin del mundo, las motivaciones políticas estaban en Londres y Buenos Aires.

Aunque el “Proceso de Reorganización Nacional” se hizo del poder en Argentina en 1976 con la supuesta necesidad de devolver la paz en el país, asolado por la violencia política y los ataques de la guerrilla, en los planes no existía nada relacionado con la intención de “recuperar” las Malvinas.

En las manifestaciones del primer presidente de la Junta Militar, Jorge Rafael Videla, las causas del Gobierno de facto se limitaban a la violencia interna, y no hay que ver más que las fechas de los desaparecidos o de los ataques guerrilleros para reconocer, incluso de la perspectiva de los que avalaron el golpe, que para 1982 ya no había motivos de su permanencia.

Sin embargo, Galtieri, tercer presidente del Gobierno de facto, se tiró a una aventura que, lamentablemente, contó con un fervor nacionalista pocas veces visto en Argentina. Una imagen vergonzosa de aquellos días, que quedará para la historia, fue la Plaza de Mayo colmada de argentinos que aplaudieron a un irresponsable que gritaba: “Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla”.

En la jornada de este jueves, dialogamos con  Belmar, quien señalaba lo siguiente:

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