Cuando el cordobés Gustavo Fernández , uno de los mejores tenistas del mundo en silla de ruedas, asevera, sin dudar un instante, que no cambia “volver a caminar” por todo lo que le pasó en su vida deportiva y familiar, no miente. Por más resonancia que tenga esa sentencia de un muchacho de 25 años que a los dieciséis meses de vida perdió el dominio total de su tren inferior al sufrir un infarto medular -lesión que padece una persona de cada seis millones-, dice lo que siente, siente lo que dice. Nunca tuvo límites -ni físicos, ni espirituales- para ir en busca de sus anhelos. Su familia, con sangre de deportistas, lo acompañó “en cada locura”. Reflexivo pero impulsivo a la vez, tolerante pero muy autoexigente, el Lobito Fernández había entrado en una suerte de laberinto del que no lograba salir. Número 1 del mundo durante siete meses desde julio de 2017, vivió un impacto emocional desde ese momento y retrocedió algunos casilleros, pero más que en el ranking, en su clasificación de confianza.

Por ello el desahogo. Por ello las lágrimas y el abrazo con su entrenador, Fernando San Martín. Por ello el grito de “¡Sííí! ¡Al fiiiiin! ¡Sííí! ¡La puta madreee!”, cuando el tiro del sueco Stefan Olsson (6° del mundo) ya no volvió y Gusti cerró, en el court 8 del Melbourne Park, una obra maestra (7-5 y 6-3, en 1h15m) en el Abierto de Australia , conquistando su tercer trofeo individual de Grand Slam, el segundo en Melbourne.

Demasiado peso acarreaba el jugador de brazos de acero y revés fulminante -mejor, incluso, que el de muchos tenistas convencionales-. Ocurre que después de ganar, en enero 2017, el Abierto australiano, había caído en cuatro finales de Grand Slam consecutivas: Roland Garros y Wimbledon, en 2017 y 2018. Las del All England, para colmo, fueron contra Olsson, un jugador formado en canchas duras bajo techo con un revés con slice subterráneo y cargado de pimienta que le complicó la vida. Nacido en Río Tercero, la ciudad que en 1995 durante la presidencia de Carlos Menem sufrió la explosión de su fábrica militar en hechos que todavía no cicatrizan, Fernández mascullaba la bronca de sentir el triunfo grande al alcance de la mano hasta que los demonios lo invadían y traicionaban lo fortaleza.

“Se me había hecho cuesta arriba. Es duro perder cuatro finales de Grand Slam seguidas. Y es como que se había formado una especie de fantasma en mi cabeza, contra el que vengo luchando hace rato. Entonces, necesitaba que se me diera. Lo necesitaba. La ultima final de Wimbledon, el año pasado, la jugué muy mal. Entonces necesitaba jugar bien esta final y que se diera el resultado”, le contó Gusti Fernández a LA NACION, desde Melbourne, todavía con las pulsaciones altas, abrazado al trofeo de campeón. Trofeo que obtuvo al llevar adelante con perfección la estrategia elaborada con su equipo: la intención era tomar la iniciativa en los puntos, dominar con el revés pesado y mover a Olsson con el objetivo de que éste no pudiera golpear cómodo y enmarañarlo con su filoso revés con slice. Y sí fue. Claro que para que el tenis del argentino fluyera era imprescindible que estuviera enfocado, paciente y positivo.

Además de coach, preparadores físicos (Matías Tettamanzi y Nicolás Barragán) y kinesiólogo (Juan Carlos Varela), Gusti Fernández incorporó una pieza más -y fundamental- a su equipo hace aproximadamente un año y medio. Santiago Sánchez, oriundo de Lobería, trabaja en la Universidad de Bath, Inglaterra. En ese establecimiento, asimismo, anualmente se disputa un torneo ITF1 de tenis adaptado , el Bath Indoor Tournament. Y allí conoció al riotercerense. Sánchez, director de una maestría, imparte clases a alumnos doctorales y lleva adelante proyectos de investigación. Especialista en cognición, se sumó al equipo del cordobés con una función que él define como la de “coach mental”, con el propósito de ayudar al Lobito a desarrollar creencias más saludables, ganar seguridad, concentración y madurez. El trabajo se basa en charlas, muchas de ellas a distancia, en forma online. Una vez que identifican los problemas a abordar, tratan -mediante ejercicios- de solucionarlos.

Gusti Fernández, Sánchez y el resto del equipo empezaron a preparar esta gira que terminó con brillantez en Oceanía (dos finales y un título) en octubre pasado. El cordobés se sentía encadenado. “Trabajamos distintas técnicas fuera y dentro de la cancha, más que nada enfocadas al manejo de la presión. Después de cada partido él me enviaba un audio y me explicaba desde su punto de vista cómo había sido el encuentro y yo utilizaba el material para preparar la estrategia”, le explicó Sánchez a LA NACION. Y añadió: “Estas semanas, con él en Australia y yo en Bath, la tarea no fue sencilla por la diferencia horaria. Trabajamos mucho con Gusti, pero también con Fer, su entrenador, para que él supiera cómo encarar cada situación con su jugador. Gusti fue disciplinado, obediente y comprometido. Estábamos confiados de que iba a hacer una buena final de Australia. Estaba sólido. El manejo de la presión en finales de Grand Slam es difícil y él supo cómo romper con esa barrera. Estamos felices”.

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